llegaba a la bahía de Corral. Larga
y penosa había sido la travesía. Traía a bordo a un
centenar de extranjeros que venían en busca de una hospitalaria
playa alumbrada por el sol de la libertad.
Venían de la vieja Alemania, que en ese entonces no era lo que
el mundo ha admirado. Aunque victoriosa y llena de glorias, no había
logrado, sin embargo, estrechar a sus habitantes en un ambiente de unidad
y concordia; por el contrario, se encontraba casi deshecha de luchas internas,
sin encontrar el camino del progreso.
Las persecuciones políticas, el estancamiento económico,
el caos y la misericordia hacían sufrir a sus habitantes. Y los
elementos de más valer, los que confiaban en el provenir y luchaban
por el advenimiento de mejores días, eran los más perseguidos.
Entre ellos nació la idea de abandonar a la patria, de buscar
nuevos horizontes, y en romería acudían a los puertos para
partir a ultramar. No eran miserables a quienes les faltara el pan; eran
perseguidos y prisioneros que buscaban la libertad. No iban con las manos
vacías. Llevaban sus haberes, sus instrumentos de trabajo y una
sólida preparación adquirida en el estudio y en el luchar
por el sustento.Tales fueron los que venían en el débil barquichuelo
que en ese día llegaba a Corral.
Todos eran algo: había industriales, profesionales y artistas;
todo un pequeño mundo intelectual y progresista. Un número
de luchadores llenos de fé en la victoria. La comunidad de sufrimientos
y esperanzas los había estrechado cada día más durante
la larga travesía. Todo lo veían renacer bajo este sol. Siempre
sobresale uno; siempre es alguien el que dirige y orienta. Así fue
también en esa travesía.
Carlos Anwandter, el hombre lleno de vida, de inteligencia privilegiada
y de grandes dotes de carácter, debía lógicamente
sobresalir, sobreponerse, colocarse a la cabeza de sus compañeros.
Había abandonado su patria cuando ya frisaba los cincuenta; pero
parecía el más joven de todos. Había nacido el 1 de
Abril de 1801 en Luckenwalde, a menos de dos jornadas de Berlín.
En su pueblo natal cursó las primeras letras, después
pasó a continuar sus estudios al Liceo Joachimsthal de la capital.
Preparado para la vida, ingresa al trabajo como aprendiz en una farmacia
de Berlín, luego abandona su puesto para cumplir con el servicio
militar; fue aspirante voluntario en el Cuerpo de Zapadores de la Guardia.
Una vez licenciado, empieza a correr tierras para conocer su patria.
Recorre todo el norte del país trabajando en diversos lugares, en
lo que había escogido como profesión. De vuelta a la capital
ingresa a la Universidad para sellar sus conocimientos adquiridos en la
práctica. En 1825, la Universidad de Berlín le otorga el
diploma de farmacéutico de primera clase.
Cumplidas así sus primeras ambiciones, sienta plaza en Guben
donde adquiere una botica. Sus intereses lo llevaron después de
cuatro años a Calau. Ahí formó su hogar y empezó
a desarrollar la verdadera vida a que estaba predestinado. Muy luego, el
activo e inteligente boticario se dio a conocer a sus ciudadanos.
Todo un hombre de energía inquebrantable, de sólida preparación
y clara visión del porvenir, de sanos ideales llenos de amor al
progreso y a sus semejantes, fue le diputado que toda la región
y el partido Demócrata de la Reforma llevó, en 1847, a la
Dieta Prusiana.
La grave situación por la que atravesaba el país obligó
al Gobierno a reunir al año siguiente a una Asamblea Constituyente
que debía encausar la marcha del país. Ahí se mostró
Carlos Anwandter, como un luchador de empuje, como el defensor infatigable
de los derechos del oprimido y agobiado. Con toda el alma luchó
por sus ideales.
Pero ese hombre no podía permanecer inactivo, no se podía,
seguramente, resolver a una oscura vida de boticario de pueblo chico. Así,
pensó en abandonar a su patria para buscar en otro ambiente más
propicio el campo donde desarrollar su vida tal como se la soñaba.
En ese entonces circulaba una activa propaganda por la inmigración:
Bernardo Philippi y F. Kindermann, que ya habían viajado por el
mundo, orientaban sus pasos hacia Chile. Y después de reflexionar
y medir cuidadosamente sus pasos, Anwandter fijó rumbo a su nueva
patria. Venía con otros en el Hermann.
En Corral, a la vista del ansiado suelo de esperanzas, los inmigrantes
tuvieron que sufrir penosa desilusión. Nada de lo esperado tenían
a su alcance y todo se presentaba dudoso y lleno de dificultades. Fue entonces
cuando se agruparon y se estrecharon alrededor de ese hombre que ya durante
la travesía haía sido su cabeza. Y emprendieron la lucha
para triunfar.
Carlos Anwandter fue elegido para entenderse con el representante del
gobierno Chileno, don Vicente Pérez Rosales. Todas las gestiones
tuvieron éxito y la nueva patria se les presentó como se
la soñaron. Agradecidos juraron por boca de Anwandter su adhesión
a Chile.
Con nuevos bríos, con el empuje de su raza, esos bravos luchadores
de paz empezaron su obra. En la Isla Teja, a orillas del Calle-Calle. Carlos
Anwandter con sus propias manos y ayudado por sus hijos mayores, construyó
un hogar.
Cierto es que al antiguo zapador le fue más fácil que
a otros, tenía dinero, herramientas, pero también es cierto
que nunca negó su ayuda a nadie; con su esfuerzo y su idea, con
préstamos sin intereses ni garantías, socorría a todos.
Así cimentó su obra; así empezó a escribir
la más bella página que puede ambicionar un hombre, llegó
a refundirse con su propia obra.
El destino le preparaba duros golpes al nuevo hogar. En 1853 fallecía
su primera esposa, a las cuatro semanas su única hija, en plena
primavera.
Pero sin claudicaciones continuaba hacia adelante ese hombre excepcional
que veía su felicidad en el sacrificio. En 1851, por satisfacer,
tal vez, un capricho, preparó en su hogar unos litros de cerveza.
Así nació lo que hoy día es una de las mayores industrias
del país.
En 1853, abría puertas de una bien surtida farmacia. Así
alentaba el progreso de la colonia. Si bien Anwandter, don Carlos, como
ahora se le llamaba, era en todo el primero, sus conciudadanos no desmerecían
en nada, por el contrario, todos contribuyeron, cual más cual menos,
a la marcha progresista.
Un ambiente de estrecha unión y comunidad de ideales alentaba
a todos. Así germinaron muchas obras que hoy día admiramos,
sin indagar su origen, sin pensar en las dificultades de los primeros pasos.
En 1853, nacía el Club Alemán, un hogar común para
reunirse y deliberar.
En el mesón del probo Saelzer se ventilaban los intereses comunes.
Ahí don Carlos era presidente. Un Club Musical de Canto, un cementerio
laico, una biblioteca, una Compañía de Bomberos voluntarios,
fueron los primeros frutos del trabajo de todos.
Pero don Carlos siempre sobresalía, era el que con más
calor se sacrificaba por todo. Luego nació la idea de fundar una
escuela, para educar a los hijos y difundir su cultura. A esta idea, difícil
en extremo, por necesitar de grandes recursos, don Carlos dedicó
sus mayores desvelos.
El triunfo debía coronar también este esfuerzo; en 1858,
un colegio mixto abría sus puertas a la juventud. Es el mismo que
hoy día mantiene el centro de la cultura en nuestro ambiente. En
sus aulas recibimos la luz y en su antiguo patio bajo la frondosa encina
admiramos a su fundador, sin comprender tal vez, todo su valer.
Más tarde hechos hombres, saludamos su obra, venerando su memoria.
Así todo marchaba con rumbo seguro hacia el progreso, progreso que
hoy día ha llegado a su cumbre y que debe ser el orgullo de todos.
Bien se ha cumplido el juramento; los nietos, todos chilenos, han mantenido
la obra que con tanto sacrificio cimentaron los abuelos. Largos años
debía convivir don Carlos con su obra: el anciano alcanzó
a ver el triunfo que su clara visión había previsto.
El 10 de Julio de 1889, a los 88 años de edad entregó
su cuerpo a la madre tierra. Valdivia lo lloró como a su hijo predilecto.
En su sepelio, autoridades chilenas altamente colocadas pudieron decir
de él:
"Inteligente, honrado, modesto, y laborioso, fue uno de los pocos que
tienen por patria a todo el mundo y por familia a toda la humanidad, dedicándoles
todo su esfuerzo. Un patriota de todo corazón, un intelectual, un
industrial y un obrero se van con él". O bien:
" Dió un ejemplo de acividad y economía unidos a un profundo
espíritu emprendedor, amor y progreso a sus semejantes".
Tal fue Anwandter. Su vida entera es un sacrificio inagotable en bien
de sus conciudadanos. Nacido para dirigir y para gobernar, no se embriagó
nunca en sus triunfos, siguió el camino recto y consecuente que
debía seguir aunque se apartara de otros de visión más
estrecha. Veneremos su memoria, saludemos en el jubilo de nuestras fiestas
toda su grandeza.
El correo de Valdivia 12 de Diciembre de 1925 Homenaje a la Colonia
Alemana en Chile.